'LOS AMIGOS DE ELLOS DOS' ¿AMOR O AMISTAD?

Los amigos de ellos dos del autor argentino Matías del Federico en las Naves del Español en Matadero de Madrid plantea una interesante cuestión. La de si estás con tu pareja porque la quieres o por lo que te proporciona. La pareja como un fin en sí misma, o la pareja como un medio para otros intereses.

No se pone seria para hacerlo. Recurre al humor. Al chiste, a veces fácil, y a las respuestas y replicas rápidas. Esas en las que el personaje acierta en qué decir y un buen intérprete acierta dando en la diana. En esa aceptación por parte del público de que ese tipo de respuesta, siempre buena en forma y contenido, es lo normal. Y, a la vez, tomando la situación como algo que podría ser real o realista.

El meollo de esta historia es una típica discusión o charla de pareja. Se produce en un restaurante de moda. De esos que se ponen en zonas de ocio nocturno emergentes o barrios que empiezan a ponerse de moda. A los que las revistas de tendencias hacen peregrinar a esas personas a la última, para encontrar lo de siempre y habitualmente más caro. Lugares mal comunicados, como si la dificultad del acceso les añadiese un plus, y algo de charme.

Están allí porque sus mejores amigos, que por lo que comentan en la obra son una pareja de pijos de no te menees, les han convocado en ese lugar. Ellos han llegado pronto, como suele ser habitual, antes que sus amigos. Y esperan. Y ya se sabe que quién espera desespera.

En este caso se desespera el marido. Que después de doce años quedando los jueves, empieza a estar harto de esos pequeños desplantes, como que se retrasen por costumbre. Esas muestras de clase superior y desdén para con ellos que se gastan la pareja de amigos que todavía no han llegado.

En esa desesperación, el marido enumera una tras otra las ofensas que es habitual que le infligen a él y a ella. Ella se muestra indiferente a las mismas. Él tratará de que ella acepte la existencia de los ninguneos y las diferencias y se ponga de su lado. Del lado del que se ofende y se cabrea por el trato recibido. El de que se le trate como mero entretenimiento o paisaje de unos pijos que podrían estar aquí como podrían estar en otro lado con otras personas, según su capricho.

Ella, psicóloga de formación, primero hace una petición. La de tener la cena en paz. Que para eso trabaja. Ha tenido un día duro y necesita desconectar. Pasarlo bien, divertirse. Pero él insiste, de esa manera que solo hacen las personas que no solo necesitan tenerte al lado, sino que te pongas de su lado. Que estando seguros de lo que dicen, necesitan que la persona amada les dé la razón.

Como se puede imaginar, ella se la quita. Trata de evitar el pasarse al lado oscuro que le propone. Ese lado en el que los amigos cool y majos con los que queda a cenar todos los jueves se convierten en unos seres poco atractivos y, en cierta manera, dejan de ser los más guapos, los más altos, los más inteligentes y los más divertidos.

Es cierto que primero lo hace con argumentos tipo tengamos la fiesta en paz. Pues esa cena es para ella una fiesta, la fiesta de la vida que el resto de los días le está vedada. Y luego lo hace con argumentos más contundentes donde analiza en positivo la amistad.

De esa confrontación entre el dolor y la ira de él y la compresión y aceptación de sus amigos por parte de ella, surgen chispas. Chispas con las que encienden las risas de un público al que mantienen atrapado con lo que pasa en escena. A pesar de que por edad y por ir en pareja o con amigos, es posible que conozcan y reconozcan lo que están viendo.

Unas chispas y un fuego que se sostiene no solo por la agilidad e inteligencia con la que están escritos sus diálogos, sino por su elenco. La conocida Malena Alterio y el cada vez más popular David Lorente. La primera igual de bien que siempre. El segundo, al que no muchas personas recordarán haber visto en teatro aunque lleva en esto desde que era un chaval, haciendo olvidar que es un actor.

Sí, los dos están de lo más natural. Y se ve desde las butacas como si se asistiese a una discusión de pareja sin que ellos supieran que están siendo observados, mirados. Así de natural es su actuación.

Pensar que esa naturalidad, esa normalidad que hace que pudieran ser cualquiera de sus anónimos espectadores, la tienen que mantener todas las tardes, y que son capaces, da como escalofrío. Una ausencia aparente de artificio, que parece que ni hubiera un autor que hubiese escrito la obra ni que detrás de este montaje hubiese la mano del director de escena Daniel Veronese.

Un director arty, muy reputado entre la intelligentzia teatral, cada vez más interesado por la pareja burguesa de las democracias liberales y capitalistas. Aunque, quizás por su insistencia en este tipo de parejas y relaciones, se podría decir que fascinado. Que lleva varias comedias de este estilo de sesgo más comercial y popular. En la estela que dejan otras que llevan varias temporadas en el escenario, como Terapia Integral o Laponia.

De hecho, esta podría eternizarse en cartelera o de gira. Siempre que los compromisos televisivos y cinematográficos de sus dos actores protagonistas lo permitiesen. Pues van bien en taquilla, la crítica rema a su favor, y el boca-oreja entre espectadores que se la recomiendan unos a otros está haciendo su trabajo.

Obra a la que se le podrían poner algunos peros. Como una escenografía bonita, que sirve para situar ese tipo de restaurante minimal, pero excesiva para lo que sucede en escena. Como ese giro de guion que tiene en el último tercio de la comedia, que será muy del gusto del público que quiere que le sorprendan. Sorpresa para la que Matías del Federico les ha ido preparando. Y ese final extraño, más propio del Sartre teatral de Huis clos.

Peros que en nada influirán en que el público disfrute de la obra, al menos el día que se vio esta representación que aplaudieron mucho y salían sonrientes y celebrando el haberla visto. Además de proporcionarles un tema de discusión o debate, sobre algo que seguramente viven, pero no se habían planteado de forma tan directa. Sobre si la pareja es un fin en estar y disfrutar con otra persona, o un medio para conocer y mantener la relación con otras personas. Una forma de situarse en el mundo y de pensar cómo median el amor y la amistad en la sociedad actual.

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